Se rasga la luz y la ventana abierta

 se transforma en la ventisca del otoño.

Coloco las fotografías de los sucesos rotos.

En caravanas los ríos de

viajeros con identidades fragmentadas

Me vuelvo inútil, mujer rota,

aun así, reinvento colectividades imposibles.

Reinvento los sueños de mi infancia claudicada:

Mamá, ¿Por qué a esa señora le dicen “señora de Guatemala”?

Se rasga la luz

Guatemala se escurre en las fotografías rotas.

Soy el nombre del naufragio

Pedazo de guerra archivo.

Invierno despedazado e imágenes dispuestas

a rearmar, en medio de la Bestia,  aromas de banderas que ahora son harapos.

Niñas

Hay una niña que araña los vidrios rotos de las ventanas.

Sus manos sangran en forma de clemencia,

pero el mundo gira obliterando versos

y cristales rotos.

Niñas de la sangre, niñas acalladas

No encuentro la gerbera exacta

 para pronunciar sus nombres.

Rasgo mi piel para sentir lo opuesto a las estrellas,

pero no hallo su consuelo.

Camino sigilosa hacia la levedad de las tumbas.

No hay país donde puedan refugiarse.

Antígona

Conduje los pasos de mi padre

sin conocer la brújula de los otoños.

Mi sino era, lo sabía, el absoluto silencio.

Edipo, grita por mí.

Yocasta, con tu muerte, nombra mi

desgarradora forma de amar a los hermanos.

Ismene, dame la mano.

Olvidé que para muertos y vivos

existe el miedo.

No importa, no claudicaré.

Me abrazo al lienzo de Tánatos,

mientras Creonte apuntala los olvidos.

María del Rocío García Rey (Ciudad de México, México, 1971). Doctora en Letras por la UNAM. Trabaja como tallerista y profesora de literatura en el Museo Universitario del Chopo, en la Fes Acatlán y en el Museo de la Mujer. Ha publicado libros como, La otra mujer zurda, Deseó Revolución y las Hijas de la noche.