CUANDO SUBAS, DILE

Míralo a los ojos y dile toda la verdad, aunque ya la sepa. No esperes, que esperando nos lleva el horror y nos envuelve. Cuéntale que ese dolor constante, frenético, en la boca del estómago no es por el frío ni un malestar gripal. Explícale que son los nervios que te propina la memoria que no te deja en paz.
Al subir al estrado no temas en admitir que no has sido capaz de perdonar eso que no se perdona. Y si corazón tan tierno no ha podido hacerlo, pobre del resto. Porque con desventaja se juega siempre, pero vos supiste como usar las cartas en favor de los que amaste. Jamás fue por vos que no tenías hambre, era porque había siempre alguien más a quien alimentar.
No estés triste, si eso es posible. Es un deseo, más que una realidad. Lo que trato de decir es que acá estoy mamá y acá está mi hermano también, no hay más. Si por nosotros pasó lo que tenía que pasar, si por nosotros hiciste lo que hiciste, ahora es nuestro turno de darte valor. Devolverte algo de lo que nos enseñaste como ser humano, con ese amor tan singular.
No pienses que sos un mal ejemplo. Si es posible, mentalízate con esa coraza que de ahora en más te proteja, la de los santos, la de los rezos, la de la Iglesia. Ten fe, sobre todas las cosas y confiá en que todo va a salir bien. No se merecen los barrotes a semejante mujer. No se merece el amor de madre sufrir así por hacer lo que nadie se animaba a hacer.
Han pasado años y todavía no pude arrancarte de ese infierno, de esa vida con olor a muerte. Y, sin embargo, vos seguís ahí, firme, aferrada al amor que nos tenés. No quiero preguntar las vejaciones a las que te someten allí, si son las celadoras o las reas. No puedo dejar de inventar imágenes en mi cabeza sobre el horror de la leonera. ¿Cómo puede ser verdad que vos estés ahí?
Perdón, no ayudo hablando así. No es fácil acostumbrarse, pero esta es la última oportunidad de ayudarte a salir. Tenemos evidencia, tenemos testigos, no sé qué más podemos hacer, pedirle al Señor que se dé cuenta que aprendimos todo lo que teníamos que aprender. Pero que ponga en su lugar al demonio del encierro y el rencor. Que recuerde Dios que fue nuestro padre, tu marido, el que te maltrató hasta cansarse, el que nos marcó con saña la niñez. Que recuerde Dios que de no haber sido por vos, que lo mataste, no estaríamos en libertad. Que recuerde Dios que cuando subas te debe una, por no haberse animado él a hacer lo que tenía que hacer.
Cuando subas al estrado, dile al juez que no te arrepentís.

Carlos David Rodríguez (1988, Argentina). Técnico en Comunicación social, escritor y armoniquista. Trabajó en Crítica digital y revistas como RETO o La otra realidad, todas en Capital Federal. También fundó junto a unos colegas la desaparecida revista NUDO Rock y Arte , y ha sido colaborador de la Revista Crepúsculo y del diario Tiempo de Tortuguitas, localidad que lo vio crecer y donde ha conducido dos magazines radiales en FM Country. Hoy en día es miembro de la Comisión Directiva de S.A.D.E. (Sociedad Argentina de Escritores) San Miguel, Provincia de Buenos Aires, y miembro de EIMA (Escritores Independientes de Malvinas Argentinas). Además, publica diariamente en su Instagram (davidrodriguez1988) novedades, pequeños textos o poemas que son un pantallazo de una forma de ver la vida y en mayo del 2021, junto a la Editorial Autores de Argentina, publicó su primer libro de cuentos cortos: «De calle, desamores, delirios y suicidas».

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