
OVERKILL ABBYS
Las fauces abiertas, que apenas eran visibles debajo del casco, mostraban las glándulas venenosas que exhibió ante sus presas unas horas atrás. Caminaba con paso firme a través del terreno de caza, cargando en su brazo izquierdo con unas cuantas de las cabezas que le encomendaron conseguir.
En medio de la bruma de aquella tarde glacial, recordó las caras de terror que mostraron los humanos cuando apareció en medio de su cacería de alienígenas. Las pupilas dilatadas, los miembros engarrotados y las manos temblorosas no dejaban lugar a dudas.
Era irónico, teniendo en cuenta que esos humanos hacían lo mismo con los especímenes que liberaban en ese campo únicamente para acabar con ellos, precisamente por las tradiciones terrestres que se negaban a abandonar.
Durante el gran cataclismo que devastó la Tierra, la necesidad de huir por la supervivencia fue imperiosa, huyeron en naves que los encaminaron a una aventura galáctica. Pero ahora se encontraban replicando la vida que tuvieron en la Tierra independientemente del planeta escogido como residencia.
Así, era de sobras conocido entre los habitantes de Venus que la poderosa familia Lou, una de las familias ancestrales que habían fundado la primera colonia humana en ese planeta y tantos otros, tenían como pasatiempo raptar alienígenas de todos los rincones de la galaxia, maltratarlos y, finalmente utilizarlos como presas durante sus cacerías. Preferían torturarlos con simples balas antes de vaporizar los cuerpos con rayos láser, en especial si la caza había resultado particularmente aburrida. Ni siquiera valía la pena desmembrarlos en esos casos.
La vida era muy cómoda en Venus para el patriarca Lou y sus descendientes, aunque poco se imaginaban que todo estaba por terminar.
Esa mañana, como de costumbre, los hijos menores se encontraban torturando a una nueva presa. Esta vez se trataba de una indefensa mandragoniana que ni siquiera pedía clemencia para ella, sino para el hijo que llevaba en su interior. Los muchachos se rieron con saña, apuntando el objetivo del rayo láser justo entre los ojos rojos de la alienígena que no dejaba de expulsar lágrimas moradas.
Antes de que el rayo pudiera accionarse, uno de los muchachos cayó al suelo con uno de sus brazos a punto de separarse de su cuerpo debido a la bala expansiva que se incrustó en el miembro. El muchacho gritó desesperado. Mientras, el resto de la familia trataron de socorrerlo, sin entender el origen del ataque.
Ella salió de entre los bosques del coto de caza. Su cara permanecía cubierta, pero saltaba a la vista que era parte de una raza que durante mucho tiempo se consideró como un rumor extraído de lo más profundo de la red de inteligencia.
Los predatrix eran alienígenas que, si bien rara vez atacaban a menos que fuera esencial para su propia supervivencia, también era cierto que no era precisamente infrecuente encontrarlos ofreciendo sus servicios como mercenarios.
Sus cuerpos de piel y huesos resistentes, casi invencibles, habían dado mucho de qué hablar en los círculos sociales a lo largo de la galaxia. Por supuesto, nadie que se hubiera cruzado en el camino de un predatrix había logrado salir con vida como para confirmar lo que tanto se decía en los rumores.
Al ver los ojos amarillentos brillar de forma amenazante a través del casco, los Lou entendieron que todo lo que se hablaba de estos seres no se hacía sin ninguna clase de fundamento. Lo siguiente fue un sonido similar a un rugido y las glándulas venenosas esparciendo su líquido a gran distancia.
Por una vez desde que los primeros Lou llegaron como parte de los colonos de Venus, en ese coto de caza se escucharon unos gritos humanos que en nada se parecían a los de todos aquellos que fueron sacrificados ahí como parte del deporte favorito de la familia.
Cuando los gritos pararon, todas las jaulas con los últimos alienígenas cautivos fueron abiertas antes de que ella prosiguiera su camino. Ahora ya tenía los trofeos encargados.
Aina era la última gran cazadora de su familia, la cual durante varias generaciones también se dedicó a hacer ese tipo de encargos por dinero al igual que muchos de los de su raza. Ahora todos trataban de vivir en paz, pero aún había gente que recordaba la crueldad de los Lou rondando por el espacio luego de escapar de las garras del patriarca y su familia.
Ahora, ella caminaba con paso lento a través de la bruma. En su brazo izquierdo llevaba las cabezas cercenadas de sus presas que servirían como trofeos para aquellos que contrataron sus servicios mientras su cuerpo se fundía en el paraje glacial conforme se acercaba al lugar más oscuro, justo donde había dejado su nave momentos atrás.
Así acababa el día de la primera cazadora de humanos de la galaxia.
Karla Hernández Jiménez (Veracruz, México, 1991). Escritora. Licenciada en Lingüística y Literatura Hispánica. Lectora por pasión y narradora por convicción, ha publicado un par de relatos en páginas nacionales e internacionales y fanzines, pero siempre con el deseo de dar a conocer más de su narrativa. Explora la SF.






