¿Es que pueden creer en ser poetas
Si ya no tienen el poder, la locura
Para creer en mí y en mi secreto?
La obra poética de Luis Cernuda dialoga con dos campos semánticos fundamentales que dimensionan la realidad interior del poeta español, al tiempo que dan perspectiva e importancia a la poesía y el arte como fenómenos capaces de humanizar y crear conciencia. Esos dos aspectos conformadores están ligados a la trayectoria humana y creadora de Luis Cernuda y se concretan en el título de su obra poética: La realidad y el deseo.
La realidad y el deseo parecen indicar el horizonte poético de Luis Cernuda, en la medida que podemos ligar, de una forma superficial, la obra a la vida del poeta. Exiliado de su patria y de la sociedad, su deseo en conflicto con una sociedad normalizadora y represiva, su decir poético cuestionado e incomprendido. Sin embargo, es nuestro compromiso, como lectores e intérpretes, abordar la obra poética de Luis Cernuda desde lo que nos enseña su propio devenir poético. Por ello, y para relacionar su obra con la literatura como elemento indispensable para una conciencia crítica y un conocer visionario, es necesario recorrer sus poemas senderos y conectar con sus albores espirituales.
1. SI EL HOMBRE PUDIERA DECIR
“Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido…”
Su obra poética, como él mismo fue consciente, giró alrededor de temas cruciales para el crecimiento individual y para el espíritu de la época. Su condición de ser deseante estuvo desde el comienzo de su escritura poética como un reto personal. En efecto, la expresión del deseo llevó a Luis Cernuda, como a muchos poetas y artistas, a la búsqueda de mundos diferentes, en los que confiar sus luchas y conflictos. El arte poético se convierte en terreno de experimentación, y sentido de sentimientos y emociones que no siempre tienen espacio de manifestación en la sociedad. Parte de esa búsqueda de lugares para experimentar lo propio, lo individual y particular, se expresa en sus poemas.
Desde sus inicios la poesía de Luis Cernuda aborda el problema de la expresión plena del deseo, problema que nos concierne a todos y no sólo a los que elegimos la literatura o el arte como una experiencia creadora.
SI EL HOMBRE PUDIERA DECIR
Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.
Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.
Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.
***
(Los placeres prohibidos, 1931)
***
***
2. ÉTICA DESEANTE
“más allá del amor,
quiero decírtelo con el olvido.”
Decir poéticamente es expresar la realidad interior, intentar la plenitud del deseo, asumir la libertad en la palabra implica la realidad plena del otro. El deseo y su expresión poética llaman a otro allá afuera, a una persona o sociedad que escucha y da realidad ontológica, vitalidad del sentido y, en especial, algo que nos procura como lectores un crecimiento espiritual, una conciencia en expansión.
Esa cualidad poética para nuestra conciencia como lectores parte de reconocer, que entre nuestro Deseo y la Realidad hay unas fronteras invisibles, pero no por ello menos tenaces. Esas fronteras no sólo dividen, sino que también prometen un viaje de aprendizaje, un encuentro entre la piel y el paisaje. Sigamos muy de cerca ese recorrido, ese reconocimiento.
TE QUIERO
Te lo he dicho con el viento,
jugueteando como animalillo en la arena
o iracundo como órgano tempestuoso;
Te lo he dicho con el sol,
que dora desnudos cuerpos juveniles
y sonríe en todas las cosas inocentes;
Te lo he dicho con las nubes,
frentes melancólicas que sostienen el cielo,
tristezas fugitivas;
Te lo he dicho con las plantas,
leves criaturas transparentes
que se cubren de rubor repentino;
Te lo he dicho con el agua,
vida luminosa que vela un fondo de sombra;
te lo he dicho con el miedo,
te lo he dicho con la alegría,
con el hastío, con las terribles palabras.
Pero así no me basta:
más allá de la vida,
quiero decírtelo con la muerte;
más allá del amor,
quiero decírtelo con el olvido.
***
(Los placeres prohibidos, 1931)
El poema expone la común región, de múltiples fronteras, donde habita el deseo, lugar de encuentro y desencuentro entre el yo poético y el tú esencial, un decir ético que encuentra límites pero que no se queda obnubilado por la invisible presencia de la distancia. Distancia entre el ser y el hacer, intersticio infinito de la conciencia de ser otro, conocimiento que une y separa la realidad y el deseo.
Se nos hace necesario descubrir en la palabra el campo ético por excelencia que nos expone como actos, pensamientos y emociones. Un campo ético que el poema cultiva en cada jornada, esperando al final del tiempo la cosecha de la vida. Ese cultivar, ético por elección y por elección estético, es difícil de defender, difícil de comprender, porque su fuerza vital no se apaga con agua conocida.
NO ES NADA, ES UN SUSPIRO
No es nada, es un suspiro,
Pero nunca sació nadie esa nada
Ni nadie supo nunca de qué alta roca nace.
Ni puedes tú saberlo, tú que eres
Nuestro afán, nuestro amor,
Nuestra angustia de hombres;
Palabra que creamos
En horas de dolor solitario.
Un suspiro no es nada,
Como tampoco es nada
El viento entre los chopos,
La bruma sobre el mar
O ese impulso que guía
Un cuerpo hacia otro cuerpo.
Nada mi fe, mi llama,
Ni este vivir oscuro que la lleva;
Su latido o su ardor
No son sino un suspiro,
Aire triste o risueño
Con el viento que escapa.
Sombra, si tú lo sabes, dime;
Deja el hondo fluir
Libre sobre su margen invisible,
Acuérdate del hombre que suspira
Antes de que la luz vele su muerte,
Vuelto él también latir de aire,
Suspiro entre tus manos poderosas.
***
(Invocaciones, 1934-1935)
La poesía se alza en Cernuda como un oasis de placer prohibido en el asfixiante desierto de lo real. Añoranza de un mundo en que Realidad y Deseo no sean opuestos ni enemigos, de un mundo en que la expresión y la realización del deseo sean sinónimos de habitabilidad. Sin embargo, la andadura poética de Luis Cernuda descubre el desgarramiento de la imagen, la fractura del signo y la inevitabilidad de la muerte para el hombre como conciencia del tiempo. La muerte aparece como surgiendo de la llama del poema, como experiencia límite de la palabra y manifestación de una imposibilidad esencial a la conciencia humana.
3. CONCIENCIA POÉTICA
“Esto es el hombre. Aprende pues, y cesa
de perseguir eternos dioses sordos
que tu plegaria nutre y tu olvido aniquila.”
Llegamos a descubrir esas fronteras de la experiencia, la expresión, el significado, la acción, todas a borde de la piel y bajo una luz que es natural y artificial al mismo tiempo. La conciencia poética de Luis Cernuda descubre el conocimiento de su propio ser en medio de una época marcada por el poderío de la ciencia y la guerra, la obsesión dominante de la racionalidad técnica que, hoy como en otros tiempos modernos, arroja al ser del hombre ante una naturaleza despojada de divinidad y de sentido, una naturaleza afectada por las obras de la civilización sin conciencia. Esta visión romántica de una naturaleza arruinada se corresponde con una interioridad vacía de sentido e imaginación que en los poemas de Luis Cernuda denuncian la catástrofe humana y ambiental. Si la expresión del deseo no encuentra su correlato satisfactorio en la dimensión social y cultural lo que se impone a la época es la incapacidad de hallar respuestas a la vida.
Esta incapacidad para encontrar alternativas y dejar fluir el impulso interior, la energía creadora, la visión poética, el hechizo invisible y personal, ha sido expuesta en diversos poemas de Luis Cernuda con lo que hace de su obra poética un compromiso al servicio de su propio ser y de la sociedad. Poemas comprometidos contra la indiferencia, contra la exclusión y el rechazo, poemas que traen a la memoria nuestra fragilidad y la de nuestras obras y que nos iluminan en la noche dominada por el vértigo y el anonimato.
RUINAS
Silencio y soledad nutren la hierba
Creciendo oscura y fuerte entre ruinas,
Mientras la golondrina con grito enajenado
Va por el aire vasto, y bajo el viento
Las hojas en las ramas tiemblan vagas
Como al roce de cuerpos invisibles.
Puro, de plata nebulosa, ya levanta
El agudo creciente de la luna
Vertiendo por el campo paz amiga,
Y en esta luz incierta las ruinas de mármol
Son construcciones bellas, musicales,
Que el sueño completó.
Esto es el hombre. Mira
La avenida de tumbas y cipreses, y las calles
Llevando al corazón de la gran plaza
Abierta a un horizonte de colinas:
Todo está igual, aunque una sombra sea
De lo que fue hace siglos, mas sin gente.
Levanta ese titánico acueducto
Arcos rotos y secos por el valle agreste
Adonde el mirto crece con la anémona,
En tanto el agua libre entre los juncos
Pasa con la enigmática elocuencia
De su hermosura que venció a la muerte.
En las tumbas vacías, las urnas sin cenizas,
Conmemoran aún relieves delicados
Muertos que ya no son sino la inmensa muerte anónima,
Aunque sus prendas leves sobrevivan:
Pomos ya sin perfume, sortijas y joyeles
O el talismán irónico de un sexo poderoso,
Que el trágico desdén del tiempo perdonara.
Las piedras que los pies vivos rozaron
En centurias atrás, aún permanecen
Quietas en su lugar, y las columnas
En la plaza, testigos de las luchas políticas,
Y los altares donde sacrificaron y esperaron,
Y los muros que el placer de los cuerpos recataban.
Tan solo ellos nos están. Este silencio
parece que aguardarse la vuelta de sus vidas.
Mas los hombres, hechos de esa materia fragmentaria
con que se nutre el tiempo, aunque sean
aptos para crear lo que resiste al tiempo,
ellos en cuya mente lo eterno se concibe,
como en el fruto el hueso encierran muerte.
Oh Dios. Tú que nos has hecho
para morir, ¿por qué nos infundiste
la sed de eternidad, que hace al poeta?
¿Puedes dejar así, siglo tras siglo,
caer como vilanos que deshace un soplo
los hijos de la luz en la tiniebla avara?
Mas tú no existes. Eres tan sólo nombre
que da el hombre a su miedo y su impotencia,
y la vida sin ti es esto que parecen
estas mismas ruinas bellas en su abandono:
delirio de la luz ya sereno a la noche,
delirio acaso hermoso cuando es corto y es leve.
Todo lo que es hermoso tiene su instante y pasa.
Importa como eterno gozar de nuestro instante.
Yo no te envidio, Dios; déjame a solas
con mis obras humanas que no duran:
el afán de llenar lo que es efímero
de eternidad, vale tu omnipotencia.
Esto es el hombre. Aprende pues, y cesa
de perseguir eternos dioses sordos
que tu plegaria nutre y tu olvido aniquila.
Tu vida, lo mismo que la flor, ¿es menos bella acaso
porque crezca y se abra en brazos de la muerte?
Sagrada y misteriosa cae la noche,
dulce como una mano amiga que acaricia,
y en su pecho, donde tal ahora yo, otros un día
descansaron la frente, me reclino
a contemplar sereno el campo y las ruinas.
(Como quien espera el alba,1941-1944)
Esto es el hombre desde la poética de Luis Cernuda, un ser de cuerpo y obras destinadas a ser lo efímero frente a la eternidad de dios o la naturaleza. Aquí el poema enfrenta la aporía de no tener respuesta más que en las ruinas, las ruinas del hombre, de la naturaleza y de dios mismo. Conciencia de soledad y de extrañeza, conocimiento sobrecogedor acerca de la propia vaguedad e inconsistencia de los cuerpos y permanencia del imposible morir.
Vamos acercando la mirada a ese paisaje extraño de la muerte cotidiana, de la soledad ambulante y del espíritu invisible que muerde y desgarra las certezas aburridas del hombre moderno. Ese paisaje romántico que Luis Cernuda hereda como horizonte del deseo a partir de sus aventuras literarias en suelo inglés, es ese el lugar en que emerge la conciencia, la reflexión anímica irreconciliable con cualquier situación y con la adversidad como acompañante.
4. DESOLACIÓN Y QUIMERA
“Retirado el encanto de la voz, queda el desierto
Todavía más inhóspito, sus dunas
Ciegas y opacas, sin el miraje antiguo.”
La realidad y el deseo es el título de su propia aventura poética, pero es también un signo inagotable que atraviesa el espacio y el tiempo de la literatura. No menos poderoso es, en este sentido, que viene al mundo desde la profundidad del ser la desolación de la Quimera.
Desolación, desierto de lo real, no lugar y no respuesta. Desolación es el nombre del exilio, la marca que acompaña al rebelde, al poeta y artista que entra en rebelión con un mundo que le asfixia. Podemos esperar que la palabra nos libere de la opresión foránea, que sea manantial nítido y no una naturaleza reducida y trastornada, inducida a la ruina en su dimensión elemental y llevada a la miseria como a su hermana espiritual, la imaginación.
Esperaríamos que la respuesta sea una poesía orientada por la esperanza de un mundo mejor, pero lo que encontramos en la obra tardía de Luis Cernuda no es esa alucinada experiencia. La Desolación de la Quimera es la conciencia poética de quien descubre que el mito, el misterio y la creación no son ya el terreno de cultivo para los frutos de los últimos tiempos.
La “Cabra joven” o Quimera (χιμαιρα) es un emblema de la Naturaleza Divina e Imaginativa, un ser de tres cabezas, esencias de León, Serpiente y Cabra, multiplicidad de la conciencia. Trinidad o cuaternidad de naturalezas, acertijo cotidiano o misterio ancestral, la Quimera es Naturaleza e Imaginación, sustancia metamórfica del Deseo y de la Realidad, atendamos a su enigmática figura cuya voz cruza el tiempo.
DESOLACIÓN DE LA QUIMERA
Todo el ardor del día, acumulado
En asfixiante vaho, el arenal despide.
Sobre el azul tan claro de la noche
Contrasta, como imposible gotear de un agua,
El helado fulgor de las estrellas,
Orgulloso cortejo junto a la nueva luna
Que, alta ya, desdeñosa ilumina
Restos de bestias en medio de un osario.
En la distancia aúllan los chacales.
No hay agua, fronda, matorral ni césped.
En su lleno esplendor mira la luna
A la Quimera lamentable, piedra corroída
En su desierto. Como muñón, deshecha el ala;
Los pechos y las garras el tiempo ha mutilado;
Hueco de la nariz desvanecida y cabellera,
En un tiempo anillada, albergue son ahora
De las aves obscenas que se nutren
En la desolación, la muerte.
Cuando la luz lunar alcanza
A la Quimera, animarse parece en un sollozo,
Una queja que viene, no de la ruina,
De los siglos en ella enraizados, inmortales
Llorando el no poder morir, como mueren las formas
Que el hombre procreara. Morir es duro,
Mas no poder morir, si todo muere,
Es más duro quizá. La Quimera susurra hacia la luna
Y tan dulce es su voz que a la desolación alivia.
»Sin víctimas ni amantes. ¿Dónde fueron los hombres?
Ya no creen en mí, y los enigmas que yo les propusiera
Insolubles, como la Esfinge, mi rival y hermana,
Ya no les tientan. Lo divino subsiste,
Proteico y multiforme, aunque mueran los dioses.
Por eso vive en mí este afán que no pasa,
Aunque pasó mi forma, aunque ni sombra soy;
Afán que se concreta en ver rendido al hombre
Temeroso ante mí, ante mi tentador secreto indescifrable.
»Como animal domado por el látigo,
El hombre. Pero, qué hermoso; su fuerza y su hermosura,
Oh dioses, cuán cautivadoras. Delicia hay en el hombre;
Cuando el hombre es hermoso, en él cuánta delicia.
Siglos pasaron ya desde que desertara el hombre
De mí y a mis secretos desdeñoso olvidara.
Y bien que algunos pocos a mí acudan,
Los poetas, ningún encanto encuentro en ellos,
Cuando apenas les tienta mi secreto ni en ellos veo hermosura.
»Flacos o flácidos, sin cabellos, con lentes,
Desdentados. Ésa es la parte física
En mi tardío servidor; y, semejante a ella,
Su carácter. Aun así, no muchos buscan mi secreto hoy,
Que en la mujer encuentran su personal triste Quimera.
Y bien está ese olvido, porque ante mí no acudan
Tras de cambiar pañales al infante
O enjugarle nariz, mientras meditan
Reproche o alabanza de algún crítico.
»¿Es que pueden creer en ser poetas
Si ya no tienen el poder, la locura
Para creer en mí y en mi secreto?
Mejor les va sillón en academia
Que la aridez, la ruina y la muerte,
Recompensas que generosa di a mis víctimas,
Una vez ya tomada posesión de sus almas,
Cuando el hombre y el poeta preferían
Un miraje cruel a certeza burguesa.
»Bien otros fueron para mí los tiempos
Cuando feliz, ligera, hollaba el laberinto
Donde a tantos perdí y a tantos otros los dotaba
De mi eterna locura: imaginar dichoso, sueños de futuro,
Esperanzas de amor, periplos soleados.
Mas, si prudente, estrangulaba al hombre
Con mis garras potentes, que un grano de locura
Sal de la vida es. A fuerza de haber sido,
Promesas para el hombre ya no tengo.»
Su reflejo la luna deslizando
Sobre la arena sorda del desierto.
Entre sombras a la Quimera deja,
Calla en su dulce voz la música cautiva.
Y como el mar en la resaca, al retirarse
Deja a la playa desnuda de su magia,
Retirado el encanto de la voz, queda el desierto
Todavía más inhóspito, sus dunas
Ciegas y opacas, sin el miraje antiguo.
Muda y en sombra, parece la Quimera retraerse
A la noche ancestral del Caos primero;
Mas ni dioses, ni hombres, ni sus obras,
Se anulan si una vez son: existir deben
Hasta el amargo fin, perdiéndose en el polvo.
Inmóvil, triste, la Quimera sin nariz olfatea
Frescor de alba naciente, alba de otra jornada
Que no habrá de traerle piadosa la muerte,
Sino que su existir desolado prolongue todavía.
(Desolación de la Qimera,1956-1962)
Nos queda esta invitación a la lectura de los poemas y, en general, de la obra de Luis Cernuda para aprender de sus visiones, de sus proféticas miradas que nos llaman la atención sobre los asuntos más vitales, aquellos que nos comprometen cada día, cuando nos encontramos con el otro, con nuestro semejante ser del deseo, con una naturaleza objetivada como recurso y una inmensidad sin fondo celestial. Nos debemos acercar a su obra poética como quien aprende a caminar en el exilio, seguros de que el significado y la respuesta a nuestra angustia no son excepcionales.
Desolación de la Quimera, de este ser mitológico y en ruina que el yo poético presencia en la soledad del desierto, estado reducido de la naturaleza; Desolación que es la experiencia en un mundo vacío de sentido, una realidad que ni siquiera proporciona la muerte. La imposibilidad de morir es el revés poético del deseo. La naturaleza divina se ha encarnado en un ser que no puede morir, lo monstruoso, lo no reconocido y comprendido toma la forma del rechazo. Es nuestra propia naturaleza, que no encuentra expresión ni respuesta, la verdadera Quimera, somos esa imaginación deformada que clama a la luz, que busca la conciencia de ser.
NOTA BIOGRÁFICA
Luis Cernuda Bidón nació el 21 de septiembre de 1902 en Sevilla, España. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Sevilla y comenzó su carrera literaria participando en actividades culturales en su ciudad natal.
En 1928, se trasladó a Madrid, donde entró en contacto con otros escritores de la Generación del 27, como Federico García Lorca, Rafael Alberti y Vicente Aleixandre.
Su primer libro de poesía, “Perfil del aire” (1927), mostró influencias de la poesía simbolista y modernista. Posteriormente, publicó “Égloga, elegía, oda” (1928) y “Donde habite el olvido” (1934), obras en las que exploró temas como el amor, la nostalgia y la introspección.
Durante la Guerra Civil Española (1936-1939), Cernuda se alineó con la causa republicana y, tras la victoria franquista, se exilió a varios países, incluyendo Reino Unido, Estados Unidos y México. Su obra se vio influenciada por el dolor y la pérdida, y escribió algunos de sus poemas más destacados en esta época. Entre sus viajes físicos y mentales Cernuda publicó una Obra Poética caracterizada por el conflicto expresivo, el cuerpo como lugar del deseo y la critica a una sociedad excluyente.
Luis Cernuda Bidón falleció en México el 5 de noviembre de 1963.
OBRA POÉTICA
Perfil del aire (1927)
Égloga, Elegía, Oda (1928)
Los placeres prohibidos (1931)
Donde habite el olvido (1933)
Como quien espera el alba (1947)
Vivir sin estar viviendo (1949)
Desolación de la Quimera (1962)
La realidad y el deseo; obra poética completa (1940, 1958, 1964).
Luis Eduardo Cano Álvarez (Medellín, Colombia). Poeta y Mago. Graduado en psicología. Tallerista en los proyectos literarios: “Literatura, territorio e identidad en los corregimientos de Medellín (2017)”, “Reconociendo a los buenos vecinos” (2018) y “Narrativas para el reconocimiento comunitario” (2019). Ha publicado de manera independiente los siguientes libros con la editorial Ouroboros. Poesía: Guía poética de flores (2017) y Extinción de luz (2018). Magia: El círculo de piedra (2017), El jaguar volador (2018). Ciencia ficción: Beth: ciudad viviente (2018). Coordinador del taller online Poesia Life 2.0. Editor web Ouroboros.





