El espejo

Me miraba en el espejo y no podía reconocerme, era yo sin dudas, pero mi alma no correspondía con el reflejo; desde pequeño fui diferente, prefería jugar con las niñas, peinarlas, maquillarlas, hacerlas lucir exactamente como quería verme. Recuerdo muchas veces esconderme en el baño para probarme tacones, ponerme maquillaje y cantar frente a este mismo espejo, luego me iba a dormir llorando, no comprendía lo que me sucedía, algo dentro de mí estaba roto, mal engranado; todo lo que deseaba iba en contra de las leyes naturales, según mis padres. Me llevaron a ver tantos psicólogos, me daban medicamentos que solo me hacían dormir. Al despertar, mi realidad era la misma. Nunca pude jugar con los niños, si me acercaba me rechazaban.


Así fui creciendo, me confundía cada vez más, no me conocía, me convertí en un falso más tratando de encajar. La adolescencia fue insoportable, intenté acabar con mi vida muchas veces, me volví solitario. Una mañana frente a ese amigo que me conocía mejor que todos a mi alrededor, decidí actuar «normal», o sea, decidí ser todo lo que no era.


Comencé a salir con amigas de la escuela, no era muy difícil caerles bien, pues me identificaba con ellas; a algunas las convencí para que fueran mis novias, eso no era complicado, lo realmente embarazoso era persuadirme a mí mismo. No puedo decir que sentía asco al besarlas, pero eran tan delicadas, tan parecidas a lo que quería ser, era como besar a la mujer que llevaba dentro. No recuerdo haber sido feliz ni un segundo, ese no era yo.


Mis padres pensaron que me había rehabilitado – como si estuviera enfermo-. Sonreía para todos, pero mi herida era cada vez más profunda. No tuve amigos, traté de mantenerme alejado de los chicos, mi atracción hacia ellos solo creció con el tiempo; esa era mi manera de escapar de mi supuesta enfermedad. Hasta que conocí a Axel, un joven alto y amable, con músculos definidos, un espíritu varonil delicioso que me cortaba la respiración. Su saludo público era siempre caluroso, no se apenaba de sentarse cerca de mí, un chico como él jamás se fijaría en alguien como yo -pero me equivoqué atrozmente-.

Cuando me hablaba no escuchaba la mitad de sus palabras, solo miraba sus brazos, su boca, ese sudor salado que recorría su frente; me ruborizaba los deseos que sentía por él. Cada vez que me encontraba frente a mi fiel compañero -el espejo-, lloraba sin consuelo, esos sentimientos no eran correctos, prometía una y otra vez que no volvería a suceder, pero tristemente hay cosas que uno no puede cambiar y deseos irresistibles que no sabemos evadir.


Una noche que fuimos a acampar, comenzamos a beber desenfrenadamente, él se acercó bailando y seduciéndome, sin previo aviso me besó delante de todos, aunque creo que estaban tan ebrios que ni se dieron cuenta. Me alejé incómodo del lugar, buscando refugio me escondí detrás de unos árboles, pero él se detuvo tan cerca que era imposible moverse sin rozar su cuerpo. Su boca rozaba mis labios, pero no pasaba de un sencillo roce, sus manos recorrieron mi infinito; no dijo una palabra, no hizo falta, sus actos fueron pura expresión.


Luego de esa noche nos veíamos a escondidas, fuimos amantes durante tres años, no me resistí a vivir esa locura. Mantuve mi farsa, igual lo hizo él; casi no hablábamos en público, pero a solas, escondidos del mundo, éramos puro fuego.
Las historias hermosas a veces terminan, Axel se cansó de estar escondido, quería hacer pública y formal nuestra relación, algo a lo que me resistía, no tenía valor para dar ese paso. Muchas veces me propuso escapar e irnos lejos, a comenzar una nueva vida. No lo hice y él se fue solo, mientras yo me quedaba vacío y perdido en un mundo al que no pertenecía.


Y hoy estoy aquí, frente a este espejo, que me muestra algo que nunca he sido, que no soy y que nunca seré; mirando esos ojos vacíos, esa cara con la que no me identifico, a punto de casarme con una mujer a la que no amo. Continúo siendo un infeliz que no es capaz de decir basta. Este traje de novio, opaco, me hace ver ridículo, con un peinado varonil para encajar en mi disfraz y una barba que desdibuja mi sutil delicadeza.


Aquí estoy, sin hacer nada, consumido en mi desesperación, mirando el reflejo de la versión más triste de mí. Quizás mi historia no debe ser así, a lo mejor debo buscar un escape, estoy cavando lentamente mi tumba, caminando hacia un altar, cuando ni en Dios creo. Y por primera vez mi reflejo responde, cansado de escuchar mis quejas día tras día: ¡Haz algo, sé feliz, sé tú!


Tal vez estoy loco, pero lo voy a hacer…

Ziulen Poveda Espinosa (Morón – Cuba, 1992). Joven poeta y narradora, perteneciente a la Peña artística Manantial de sueños, a los talleres literarios, Rincón del poeta y Universo Literario. Desempeña una labor activa en la Fundación Nicolás Guillén de la ciudad del gallo, como parte del Proyecto Las Barcas de Cristal y en el taller de narrativa Medio Milenio.

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