José Aburto: la literatura como interfaz que respira

José Aburto (Perú, 1977) ocupa un lugar fundamental en la literatura electrónica porque ha demostrado que el signo constituye una entidad que se ejecuta con el cuerpo, que se arranca con esfuerzo, que se sostiene con aliento. Sus obras no se leen; se performan. Sus textos no se interpretan; se ejecutan. Sus interfaces no facilitan el acceso a la historia; lo complican, lo convierten en una operación que el lector debe aprender, memorizar, practicar.

Pensar el signo desde Aburto exige desprenderse de la idea de que el significado está en el texto, esperando ser descifrado por un lector inmóvil. Sus obras exigen cuerpos. Exigen gritos, giros, aperturas de boca, movimientos de cursor, recortes de papel. La lectura constituye una operación que se ejecuta con el cuerpo entero. El signo no constituye una entidad que se contempla desde la distancia respetuosa del intérprete. Constituye una entidad que se arranca con esfuerzo, que se sostiene con aliento, que se pierde cuando el cuerpo se rinde.

Grita: el poema que se roba el aliento

Grita apareció en 2003 y fue incluida en la Electronic Literature Collection Volume 3 de la Electronic Literature Organization. La mecánica constituye una pedagogía del esfuerzo: el poema se ejecuta sobre Flash, accede al micrófono del ordenador, y al detectar ruido por encima de determinados decibelios, el texto emerge ante el lector. Las frases aparecen en un orden no particular y solo pueden leerse mientras se mantiene el grito. La línea de base constituye un texto ausente por completo, con la excepción de la instrucción-título.

Lo que emerge de esta mecánica no es un poema que se lee; es un poema que se arranca. El lector debe gritar para que el texto aparezca. Debe sostener el grito para que el texto permanezca. Debe administrar su aliento como se administra un recurso escaso. El poema contiene una base de datos de diecinueve versos que aparecen de manera aleatoria, cada uno asociado con una imagen poética sobre el tiempo y la duración. Algunos versos son cortos; otros largos. Esta diferencia en la longitud permite que la experiencia del lector varíe con cada interacción. En algunos casos, el grito solo necesita sostenerse unos segundos; en otros, para completar la lectura, el lector debe mantener el volumen por un tiempo prolongado.

La dimensión gráfica también es significativa. Los textos están montados sobre una línea horizontal infinita que simula una línea de onda sinusoidal, y el fondo es de un rojo profundo, cercano al color de la sangre, que evoca imágenes de los versos que muchas veces hablan de corporalidad interna. El poema no describe el esfuerzo; lo impone. No representa la pérdida de aliento; la produce. El lector que grita para leer no está interpretando un texto sobre el grito; está gritando. La literatura constituye una práctica corporal. La lectura constituye una performance.

El signo como interfaz que exige un cuerpo

Una forma o interfaz que sirve de la mejor manera posible para realizar los planes artísticos del poeta. Cada historia puede pedir una interfaz que sea la mejor para ella, que sea la encarnación perfecta del sentido del texto, un cuerpo de la historia que se distingue de ella misma. Esta concepción tiene consecuencias semióticas profundas. En la tradición literaria, el signo se define por su relación con un contenido que puede ser transmitido a través de diferentes soportes. El soporte constituye un accidente; el significado constituye la esencia. Aburto invierte esta jerarquía. El soporte constituye una condición constitutiva del significado. La forma en que el texto se presenta al lector constituye parte de su significado.

Esta concepción de la interfaz como constitutiva del significado tiene una segunda consecuencia: el texto exige una actividad corporal de su lector. Un análisis académico concluye que en todos los trabajos de Aburto, indistintamente del medio o de los medios usados, el texto necesita o incluso exige una actividad corporal de su lector. La lectura se convierte en performance; los gestos del lector, su presencia en un lugar concreto, sus movimientos en el espacio real, forman parte del acto de lectura. La experiencia corporal es condición sine qua non para descubrir el sentido de la obra.

Volver es un lugar: la interfaz de la memoria

Volver es un lugar, en su primera versión, de 2004, era una superficie impresa en 3D que cubría, literalmente, una pelota. En 2010 se imprimió de nuevo en 3D, sin ser ya una cubierta, sino como objeto completo. En 2017 es una versión interactiva dentro de la experiencia de 360 grados de Facebook. En 2024 es una instalación en realidad virtual que se debe observar con lentes VR. Lo que permanece constante a través de estas mutaciones es la forma esférica del poema.

Un poema esférico no puede leerse de una sola manera; requiere que el lector gire alrededor de él, que lo recorra, que elija un punto de entrada y un camino. La esfera constituye una interfaz que impone una lectura no lineal, una lectura que es inseparable del movimiento corporal del lector en el espacio. Esta trayectoria revela algo crucial sobre la concepción de Aburto: el poema constituye una forma que busca su interfaz ideal. La forma esférica constituye el significado; los diferentes medios constituyen intentos de encontrar el cuerpo que mejor encarne esa forma.

Que yo cometa es un poema escrito a mano y recortado en papel, cuyos versos tienen forma de un recorte artístico de papel, un recorte hecho de letras y palabras. Gracias a esta interfaz, el lector puede sacar parte del texto del poema, modificándolo. Lo que distingue a esta obra es que demuestra la continuidad entre lo analógico y lo electrónico en la poética de Aburto. El poema de papel permite una interactividad que es típica de la literatura electrónica: el lector puede modificar el texto, extraer partes, recombinarlo. Así, este poema analógico entra en el campo de la reflexión sobre los aspectos táctiles, hápticos, corporales de una lectura.

Volver es un lugar y la búsqueda de la interfaz ideal

La trayectoria de Volver es un lugar constituye una lección sobre la literatura electrónica. La forma esférica constituye el significado; los diferentes medios constituyen intentos de encontrar el cuerpo que mejor encarne esa forma. La pelota impresa en 3D, el objeto completo, la experiencia de 360 grados, la instalación en realidad virtual: todos constituyen intentos de encontrar la interfaz ideal, la forma que mejor sirva a los planes artísticos del poeta. Lo que emerge de esta trayectoria no es una obra que cambia de soporte; es una forma que busca su encarnación perfecta. El signo constituye una entidad que migra, que se transforma, que busca el cuerpo que mejor le corresponda.

Lo que distingue su aproximación es su insistencia en que el medio constituye una condición constitutiva del significado. El poema no constituye un contenido que se transmite a través de diferentes soportes; constituye una forma que busca su interfaz ideal. La interfaz no constituye una ventana transparente al significado; constituye parte del significado mismo.

La niña que mira el mundo desde dentro

Un cuarto rojo. Eso es lo primero que aparece en la pantalla. Un espacio doméstico y extraño a la vez, saturado de un color que pesa como un órgano interno, como una habitación cerrada dentro del cuerpo. Cinco objetos habitan ese cuarto: un pájaro, un plato humeante, una ventana, un gato, una prenda de vestir. Al principio, nada más. Ninguna palabra. Ninguna instrucción. Solo el silencio de una imagen que espera ser tocada. José Aburto construyó esta obra en 2002 y la llamó La niña y las cosas, y desde entonces esa niña ha estado ahí, en el archivo de la Electronic Literature Organization, esperando que alguien mueva el cursor y descubra que las cosas, cuando las miras de cerca, se encienden.

El gesto que desencadena la obra es mínimo: mover el ratón. El cursor se desliza sobre la superficie de la pantalla, y cuando roza uno de los cinco objetos, algo ocurre. El objeto cambia de color. Deja de ser negro, deja de ser blanco, se enciende en un rojo que lo arranca del fondo y lo convierte en un signo. Cuando el cursor se aleja, el objeto regresa a su apariencia inicial, como si nunca hubiera sido iluminado. Lo que emerge de este mecanismo es una fenomenología de la atención: mirar algo es, literalmente, encenderlo. El ojo del lector, mediado por el cursor, funciona como una linterna que recorre un cuarto oscuro y revela, por un instante, lo que permanecía oculto.

El clic como apertura de una boca

Cuando el lector deja de deslizar y decide hacer clic sobre uno de los objetos, algo más ocurre. Una burbuja se abre. Dentro de la burbuja, un texto. Cada objeto tiene su propio texto, su propio fragmento de poema, su propia voz. El plato humeante dice algo. El gato dice algo. La ventana dice algo. Y lo más inquietante: cuando el lector hace clic en el siguiente objeto, la burbuja anterior no se cierra. Se superpone. Los textos se acumulan, se apilan unos sobre otros, formando una página que ya no es una página sino un palimpsesto, una superficie donde múltiples escrituras coexisten sin anularse.

Los textos se superponen como se superponen las capas de memoria en la mente de un niño. Cada objeto evoca un fragmento de historia, y esos fragmentos, leídos en conjunto, permiten reconstituir una narrativa que no está en ningún lugar específico, sino en la relación entre todos los lugares. Los objetos no son decoración. Son signos. El lector lo presiente desde el primer deslizamiento del cursor. Ellos no forman parte del fondo, son más que eso. Tienen un doble rostro, una doble coloración, una doble vida. Y el clic los convierte en puertas.

No es «las cosas y la niña». Es La niña y las cosas. La niña primero. Su mirada primero. El cuarto rojo no es un cuarto cualquiera; es el cuarto de una niña, y cada objeto que lo habita adquiere su significado porque ella lo ha mirado, lo ha tocado, lo ha investido con su imaginación. Un análisis académico señala que la obra lleva al lector al cuarto rojo de una niña, donde cada objeto adquiere un significado, transformado por su imaginación y sus experiencias. A través de sus ojos, el lector transmuta cada rincón de ese espacio virtual en un pequeño poema.

La niña no ve un pájaro; ve un pájaro que significa algo. No ve un plato; ve un plato que humea y que humea por razones que solo ella conoce. No ve un gato; ve un gato que es un signo, una presencia, un habitante de su mundo interior. El lector que entra en ese cuarto no observa el mundo de la niña desde fuera; se ve obligado a adoptar su perspectiva. Debe mirar los objetos como ella los mira, iluminándolos con el cursor como ella los ilumina con su atención. La lectura se convierte en una forma de identificación. El lector no interpreta el mundo de la niña; lo ve con sus ojos.

El signo como horizonte

La realidad a la que remite el poema no es la del universo objetivo que las ciencias intentan constituir, sino la de un mundo percibido y vivido. Y ese mundo se da siempre como horizonte, es decir, según el punto de vista particular de un sujeto, y según una articulación móvil entre lo que se percibe y lo que no se percibe, entre la elaboración de una estructura y la apertura de una margen inagotable de indeterminación.

Cada vez que el lector mueve el cursor, revela algo nuevo. Cada vez que hace clic, abre una burbuja que se suma a las anteriores sin clausurarlas. La obra no tiene un estado final. No hay un momento en que el lector pueda decir «ya está, ya vi todo». Lo que hay es un horizonte que se desplaza con cada gesto, una margen de indeterminación que se mantiene abierta. El signo, en Aburto, no es una entidad estable que se contempla desde fuera. Es una relación que se actualiza con cada movimiento del cursor, con cada clic, con cada iluminación momentánea de un objeto que vuelve a la oscuridad cuando la atención lo abandona.

La niña y las cosas ocupa un lugar singular en la obra de Aburto y en la literatura electrónica latinoamericana. No exige gritos como Grita. No exige que el lector se pierda en un laberinto de hilos como otras obras posteriores. Lo que exige es más sutil y más profundo: exige que el lector aprenda a mirar como una niña. Que acepte que los objetos del mundo están cargados de significado, que cada cosa puede convertirse en un poema si se la ilumina con la atención adecuada. Que la lectura no consiste en descifrar un mensaje oculto, sino en recorrer un espacio y encender, uno por uno, los signos que lo habitan.

Aburto ha descrito su práctica como una búsqueda constante de la interfaz ideal para cada historia. La niña y las cosas encuentra en el cursor y el clic la interfaz que mejor sirve a su plan artístico. El cursor como revelador, el clic como apertura, la acumulación de burbujas como construcción de un palimpsesto. Cada elemento de la interfaz es un signo que participa del significado. El medio es el mensaje, pero el mensaje también es el medio. La forma en que el lector accede al texto es parte indisoluble del texto mismo.

Conoce más: joseaz.pe

Investigación-Creación: Yuly Durango Flórez- Luis Eduardo Cano Álvarez.

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