Rosa Menkman: El glitch como exoesqueleto del progreso
Rosa Menkman ocupa un lugar fundamental en la literatura digital porque ha demostrado que el signo no constituye una entidad estable, sino una relación contingente entre la tecnología, el accidente y la interpretación. Sus obras exploran las condiciones bajo las cuales los signos emergen, se transforman y se disuelven. Sus glitches no constituyen errores que deben corregirse, sino ventanas que permiten ver lo que normalmente permanece oculto. Sus resoluciones no constituyen especificaciones técnicas neutrales, sino decisiones políticas que determinan qué puede verse y qué queda fuera.
Rosa Menkman nació el 3 de abril de 1983 en los Países Bajos . Se formó en la Universidad de Amsterdam, donde obtuvo un Master of Arts en Nuevos Medios (2006) y posteriormente un Research Master of Arts en Estudios de Medios (2009) . Durante sus estudios, se familiarizó con la obra del dúo de artistas belga-holandés Jodi, conocido por explotar las debilidades de la tecnología digital en sus proyectos artísticos. De hecho, su tesis de maestría versó sobre el trabajo de Jodi titulado UNTITLED GAME, un mod artístico del videojuego Quake . A partir de octubre de 2009, comenzó a trabajar en su doctorado en Goldsmiths College, Londres .
Menkman describe su propio enfoque con una formulación que se ha convertido en una de sus señas de identidad: «Cada tecnología posee sus propios accidentes inherentes». Se centra en los artefactos visuales creados por accidentes en medios digitales, y los describe como «las estructuras inquietantes y brutales que emergen durante una ruptura del flujo dentro de una tecnología; son los gritos primigenios de datos de la máquina» .
El glitch como crítica de la transparencia
La búsqueda constante de un canal sin ruido ha sido uno de los dogmas más persistentes de la cultura tecnológica. Cada nueva técnica de compresión, cada nuevo formato de archivo, cada nuevo protocolo de transmisión promete una transparencia mayor, una fidelidad más perfecta, una comunicación más pura. Menkman desconfía de esa promesa. Su obra demuestra que cada tecnología posee sus propias huellas de imperfección, sus propios artefactos, sus propios ruidos. La transparencia total constituye una ilusión. La opacidad constituye la condición misma de todo medio.
El Manifiesto de Estudios del Glitch, que Menkman publicó en 2009 y 2010, articula esta desconfianza en una serie de principios que funcionan como declaración estética y como programa político. El primero de ellos sostiene que la búsqueda dominante de un canal sin ruido constituye un dogma lamentable y desafortunado. Cada técnica mejorada posee sus propias huellas de imperfección. El segundo principio invita a cuestionar las plantillas operativas de la práctica creativa, a luchar contra los géneros, las interfaces y las expectativas, a surfear el vórtice de la tecnología, el intermedio, el arte de los artefactos. El tercero propone convertirse en nómada de los artefactos de ruido, explotando las tres ocasiones en que la transmisión de información puede interrumpirse: durante la codificación-decodificación, durante la retroalimentación, y cuando ocurre un glitch propiamente dicho.
La imagen pobre y la política de la resolución
Hay un concepto que atraviesa la obra de Menkman y que conecta directamente con la literatura digital: la imagen pobre. Menkman no usa ese término en el sentido en que lo usa Hito Steyerl, pero comparte con ella la intuición de que la calidad de una imagen constituye un dispositivo de poder. La resolución de una imagen determina su visibilidad, su legibilidad, su valor. Las imágenes de alta resolución son visibles, valoradas, conservadas. Las imágenes de baja resolución son invisibles, descartadas, olvidadas. La resolución funciona como un umbral que determina qué signos merecen ser vistos y qué signos deben permanecer en la oscuridad.
Menkman lleva esta intuición a un territorio nuevo con su concepto de resoluciones. Una resolución constituye un espacio de compromiso entre diferentes actores, objetos, materialidades y protocolos que disputan sus intereses. El establecimiento de una resolución promueve la eficiencia, el orden y la funcionalidad. Como efecto secundario, la fijación de resoluciones compromete y ofusca posibilidades alternativas. Si eliges una tasa de fotogramas de veinticuatro por segundo y muchos colores, resultará difícil para cualquier computadora calcular cinco o seis esquinas de un video. Las compresiones actuales limitan la producción de videos con tantas esquinas. La resolución constituye un acuerdo que hace que algo funcione, y al mismo tiempo constituye un compromiso que impide ver otras posibilidades.
La consecuencia semiótica de esta concepción resulta profunda. El signo digital constituye una entidad que existe en el límite de las resoluciones que lo hacen posible. Lo que una imagen puede significar depende de la resolución en que se captura, se procesa, se circula, se muestra. La nitidez constituye un efecto perceptual construido. La legibilidad constituye una conquista técnica que tiene costos. Cada resolución esconde otras resoluciones que habrían podido estar en su lugar. Los estudios de resoluciones constituyen, en palabras de Menkman, una teoría de la alfabetización: alfabetización de las máquinas, de las personas, de las personas que crean las máquinas, y de las personas que son creadas por las máquinas.
El artefacto como forma de conocimiento
Los artefactos que emergen cuando una tecnología falla constituyen, en la obra de Menkman, formas de conocimiento. Cuando la compresión JPEG falla, emergen bloques de píxeles de ocho por ocho que revelan la estructura misma del algoritmo. Cuando el formato GIF se corrompe, emergen patrones de color que revelan la lógica de la codificación. Cuando el video PAL colapsa, emergen distorsiones que revelan las condiciones de su transmisión. Los artefactos constituyen huellas del sistema. Revelan lo que normalmente permanece invisible. Permiten ver la tecnología funcionando en su interior.
Menkman ha explorado esta dimensión en obras como A Vernacular of File Formats, donde tomó un autorretrato y lo comprimió a través de diferentes formatos, introduciendo errores similares en cada uno. El resultado es un conjunto de imágenes que revelan las firmas visuales únicas de cada algoritmo. Los artefactos de un JPEG resultan distintos a los de un GIF, que resultan distintos a los de un PNG. Cada formato posee su propia gramática del error. Cada algoritmo posee su propia estética del fallo. El signo glitch constituye una manifestación de la materialidad del medio. Es la tecnología revelándose como tecnología.
La crítica como práctica artística
Menkman ha desarrollado una práctica que combina la creación artística con la reflexión teórica. Sus ensayos, sus manifiestos, sus conferencias, sus instalaciones, sus obras digitales, todo forma parte de una misma investigación sobre las condiciones de posibilidad de la imagen en la era digital. Su obra constituye una forma de arqueología de los medios, una exploración de las capas técnicas que sostienen la experiencia visual contemporánea.
En The Glitch Moment(um), Menkman examina la explotación y popularización de los artefactos glitch, señalando cómo lo que comenzó como una práctica radical se convirtió en un estilo reproducible. El glitch, una vez domesticado por plugins y filtros de software, pierde su capacidad de estimular. Menkman utiliza una metáfora precisa: el glitch es como un chicle que pierde sabor a medida que se mastica. Lo que se pierde en la masificación es la capacidad del signo de revelar las condiciones de su propia producción. Un glitch simulado produce un signo que apunta a nada, porque la ruptura constituye un efecto decorativo. Un glitch real produce un signo que apunta al sistema, porque la ruptura constituye una huella de su funcionamiento.
El error como forma de conocimiento
La obra de Menkman se organiza alrededor de una intuición que atraviesa toda su práctica: cada tecnología posee accidentes inherentes, y esos accidentes revelan lo que el sistema oculta. Los glitches, esos artefactos que emergen cuando un flujo de datos se interrumpe, constituyen las estructuras inquietantes y brutales que revelan los mecanismos internos de la máquina. En Xilitla, esa intuición se materializa en un entorno donde el error no es una excepción sino la regla. El mundo digital que Menkman construye funciona mal de manera deliberada. Los polígonos se deforman. Las texturas se corrompen. Los sonidos se distorsionan. El usuario navega por un espacio que se niega a comportarse como un espacio normal.
Hay una escena que condensa esta poética. El Janohead, el personaje que el usuario controla, es una criatura híbrida: cabeza de dos caras sobre un cuerpo que parece una tijera poligonal. No es un avatar humano ni un vehículo funcional. Es un signo de la condición misma de la navegación: mirar siempre hacia dos lados, habitar siempre dos tiempos, existir siempre en el límite entre lo que se fue y lo que viene. El Janohead no representa nada. Ejecuta una operación: la de estar siempre en el umbral, siempre en tránsito, siempre en el error de no pertenecer del todo a ningún lugar.
La resolución como espacio de compromiso
Xilitla también materializa la teoría de las resoluciones que Menkman ha desarrollado durante años. Una resolución constituye un espacio de compromiso entre diferentes actores, objetos, materialidades y protocolos que disputan sus intereses. El establecimiento de una resolución promueve la eficiencia, el orden y la funcionalidad, y al mismo tiempo compromete y ofusca posibilidades alternativas. En Xilitla, ese compromiso se hace visible en la textura misma del entorno. La resolución gráfica es baja, deliberadamente pobre. Los polígonos son visibles. Las texturas se repiten. Los objetos se recortan con bordes duros. Lo que emerge de ese compromiso es un lugar equivocado, un espacio que se niega a la transparencia, una arquitectura digital que exhibe sus propias costuras.
La consecuencia semiótica resulta profunda. El signo digital, en Menkman, constituye una entidad que existe en el límite de las resoluciones que lo hacen posible. Lo que una imagen puede significar depende de la resolución en que se captura, se procesa, se circula, se muestra. La nitidez constituye un efecto perceptual construido. La legibilidad constituye una conquista técnica que tiene costos. Cada resolución esconde otras resoluciones que habrían podido estar en su lugar. Xilitla constituye una demostración de esa economía política del signo. Su pobreza gráfica no constituye una carencia. Constituye una declaración: el error, la disfunción, la equivocación, constituyen las condiciones mismas de la experiencia estética.
El jardín como interfaz
El jardín de Edward James era un lugar donde la arquitectura dejaba de funcionar como arquitectura. Xilitla de Menkman es un lugar donde el software deja de funcionar como software. El usuario no puede ganar ni perder. El usuario no puede morir. El usuario no puede progresar hacia un objetivo. Lo que el usuario puede hacer es navegar, explorar, perderse. El jardín digital que Menkman construye no constituye un juego en el sentido convencional. Constituye una interfaz para la experiencia del error. Constituye un espacio donde las reglas de la funcionalidad se suspenden y donde el usuario queda libre para habitar el lugar equivocado.
Menkman ha descrito Xilitla como un entorno que se utiliza también como herramienta para performances audiovisuales en vivo. El software constituye una plataforma, un instrumento que puede ser tocado, manipulado, ejecutado. La obra no se agota en la experiencia del usuario doméstico. Se extiende hacia el performance, hacia la improvisación, hacia la creación colectiva de nuevos lugares equivocados. El signo, en Menkman, constituye una entidad que se transforma con cada ejecución. No constituye un objeto estable. Constituye una operación en curso.
Conoce más: beyondresolution.info
Investigación-Creación: Yuly Durango Flórez- Luis Eduardo Cano Álvarez.




