Hito Steyerl: la imagen herida y el campo de batalla literario
La obra de Hito Steyerl se atraviesa y se navega. Sus ensayos visuales, sus instalaciones, sus películas y sus textos funcionan como una máquina de desestabilizar certezas, de mostrar que las imágenes que creemos transparentes están hechas de intereses, de poder, de violencias que no siempre queremos ver. Nacida en Múnich en 1966, formada en cinematografía y filosofía, Steyerl ha construido una de las reflexiones más incisivas sobre la condición de la imagen en la era digital. Su contribución al pensamiento sobre el signo electrónico no reside en una teoría sistemática sino en una práctica obstinada de disección: tomar la imagen, abrirla, mostrar sus capas, revelar lo que oculta.
Pensar el signo con Steyerl exige abandonar la comodidad de las categorías tradicionales. El signo ya no es una entidad que representa algo, que está en lugar de otra cosa, que transporta significado de un lugar a otro. En el entorno digital que Steyerl describe, los signos circulan sin ser vistos, se reproducen sin ser leídos, se acumulan sin ser comprendidos. La imagen que aparece en una pantalla no es una ventana al mundo sino una capa en un proceso de compresión, reproducción y distribución que la transforma constantemente. El signo, en Steyerl, no es una representación sino un residuo. No es una presencia sino una huella. No es un mensaje sino un síntoma.
La imagen pobre que circula
Uno de los conceptos que Steyerl ha desarrollado es el de la «imagen pobre». No se trata simplemente de imágenes de baja resolución, de archivos comprimidos, de videos pixelados que circulan por plataformas gratuitas. La imagen pobre es una categoría que describe la condición de la mayoría de las imágenes en el mundo contemporáneo: imágenes que han sido arrancadas de sus contextos originales, reproducidas hasta la extenuación, degradadas por la compresión, transformadas por la circulación. La imagen pobre no es una imagen defectuosa sino una imagen que ha sido herida por el viaje, que lleva las marcas de su paso por el mundo. Y esas marcas, esas heridas, son precisamente lo que la constituye como signo.
Lo que Steyerl muestra con esta categoría es que el signo electrónico no es una entidad estable sino un proceso. Una imagen no es algo que existe en un lugar y luego se copia en otro. Una imagen es algo que se transforma al moverse, que pierde calidad al reproducirse, que gana significado al degradarse. La pérdida de resolución no es un defecto técnico sino una condición semiótica. La compresión no destruye el significado; lo transforma. Los artefactos que aparecen cuando una imagen se comprime demasiado, los bloques de píxeles que distorsionan el rostro, las manchas de color que sustituyen los detalles, no son errores que deben corregirse. Son signos de que la imagen ha vivido, de que ha sido usada, de que ha circulado por canales que no estaban diseñados para preservarla.
Esta concepción de la imagen herida tiene consecuencias profundas para pensar la literatura electrónica. En la tradición literaria impresa, el texto se concibe como algo que debe preservarse, que debe transmitirse sin alteraciones, que debe llegar al lector tal como el autor lo escribió. La literatura electrónica, en la visión de Steyerl, opera de manera opuesta. Los textos digitales no se preservan; se transforman. No se transmiten intactos; se degradan. No llegan al lector tal como fueron escritos; llegan heridos por el viaje. Y esas heridas no son defectos que deben lamentarse. Son la condición misma de su existencia como signos electrónicos.
La resolución de una imagen no es una propiedad neutral sino un dispositivo de poder. Las imágenes de alta resolución son visibles, legibles, valoradas. Las imágenes de baja resolución son invisibles, ilegibles, descartadas. La resolución funciona como un umbral que determina qué signos merecen ser vistos y qué signos deben permanecer en la oscuridad. Steyerl describe esta jerarquía con una precisión que no deja lugar a dudas: los formatos de baja resolución son el lumpenproletariado de la sociedad de las apariencias, condenados por su calidad subestándar en lugar de valorados por su accesibilidad.
Resistencias ante la Insistencia
La literatura electrónica, en este contexto, se convierte en un espacio de resistencia. Escribir con signos electrónicos significa aceptar que esos signos serán comprimidos, degradados, transformados por la circulación. Significa renunciar a la ilusión de la alta resolución, de la nitidez, de la fidelidad al original. Significa trabajar con materiales que llevan las marcas de su paso por el mundo, que han sido heridos por el viaje, que no pueden pretender una pureza que nunca tuvieron. La literatura electrónica no es una literatura de la transparencia sino una literatura de la opacidad. No busca mostrar el mundo tal como es sino revelar las condiciones bajo las cuales el mundo se nos presenta.
La obra más directamente política de Steyerl en relación con estas cuestiones es su exploración de lo que ella llama la imagen-spam. Se trata de imágenes que circulan por la red sin ser vistas por ningún ojo humano. Imágenes generadas por máquinas, enviadas por bots, capturadas por filtros. Imágenes que existen para ser procesadas por otras máquinas, no para ser contempladas por sujetos. La imagen-spam es el signo electrónico en su forma más pura: una entidad que circula sin significado, que se reproduce sin intención, que existe sin propósito. No representa nada. No comunica nada. Simplemente está ahí, ocupando espacio, consumiendo ancho de banda, alimentando algoritmos.
Lo que Steyerl muestra con esta categoría es que el signo electrónico no está destinado a la lectura humana. La mayoría de las imágenes que circulan por la red no están hechas para ser vistas por ojos humanos. Están hechas para ser procesadas por máquinas, para ser clasificadas por algoritmos, para ser utilizadas como datos de entrenamiento. El signo electrónico no es un mensaje que un emisor envía a un receptor. Es una operación que un sistema ejecuta sobre otro sistema. La comunicación, en este contexto, es un efecto secundario. Lo que importa no es lo que el signo significa sino lo que el signo hace.
Si los signos no están destinados a la lectura humana, entonces la literatura electrónica no puede definirse como una práctica de escritura para lectores humanos. Debe definirse como una práctica de producción de signos que funcionan en entornos donde los humanos son solo uno de los agentes involucrados. La literatura electrónica no es una literatura para humanos sino una literatura con máquinas. No se escribe para ser leída sino para ser ejecutada. No comunica significado sino que produce efectos. Steyerl ha explorado esta dimensión en su análisis de la inteligencia artificial generativa. Los modelos de lenguaje no comprenden el significado de las palabras que producen. No tienen intenciones, no tienen creencias, no tienen experiencias. Lo que hacen es calcular probabilidades, predecir la siguiente palabra en una secuencia, generar texto que parece significativo sin serlo.
La inteligencia artificial generativa, en la visión de Steyerl, es una máquina de producir signos sin significado. Una fábrica de imágenes que no representan nada. Una industria de textos que no comunican nada. Y sin embargo, estos signos circulan, se reproducen, transforman el mundo. La falta de significado no impide que los signos funcionen. Al contrario, es precisamente su falta de significado lo que les permite funcionar de maneras que los signos significativos no podrían. Puede producir signos que no significan nada y que sin embargo tienen efectos. La literatura electrónica, en esta concepción, no es una práctica de comunicación sino una práctica de producción. No es un arte del significado sino un arte de los efectos. Los signos electrónicos no significan; funcionan.
Cueva Virtual: una escuela para el futuro
La cueva virtual de Hito Steyerl no existe. O más exactamente: existe de una manera que desafía las categorías habituales de lo que significa existir. Cuando el visitante accede a través de un navegador o de un visor de realidad virtual al espacio digital que la artista ha construido, no entra en una sala. Entra en una interfaz. La cueva no está en ningún servidor; está en la relación entre el código, la pantalla y el cuerpo del visitante. No hay paredes que puedan tocarse, no hay suelo que pueda pisarse, no hay aire que pueda respirarse. Lo que hay es una simulación de cueva, una imagen de cueva, una promesa de cueva que se ejecuta en tiempo real y que desaparece en el momento en que se cierra el navegador.
En la tradición literaria, el signo es una entidad que está en lugar de otra cosa. Una palabra representa un concepto. Una imagen representa un objeto. La cueva virtual rompe esa economía. Los signos que la constituyen no representan nada; funcionan. Las paredes digitales no significan la piedra; la simulan. Las plantas virtuales no significan la naturaleza; ejecutan un algoritmo de crecimiento. Los sensores que en la cueva física miden la humedad y el oxígeno no tienen equivalente en la cueva virtual, o más bien: su equivalente es la propia mirada del visitante, que se convierte en el único sensor, en el único dato que el sistema necesita. El signo, en la cueva virtual, no es un vehículo de significado. Es una instrucción de renderizado. No dice algo; hace algo. No comunica; ejecuta.
La cueva física de Animal Spirits vendía sus esferas de vidrio para recaudar fondos destinados a construir un centro de salud en Jinwar, el pueblo de mujeres en el norte de Siria. La cueva virtual no vende nada. No puede vender nada. Su economía es la economía de la atención, la economía de los datos, la economía de la visibilidad. El visitante que entra en la cueva virtual no compra una esfera; ofrece su tiempo, su atención, su presencia. Y esa presencia es procesada, registrada, utilizada. La cueva virtual no es un refugio de la economía; es su continuación por otros medios.
Steyerl ha explorado esta condición en su concepto de «bubble vision», desarrollado en una conferencia en la Yale School of Art en 2018. La visión de burbuja es la visión de la realidad virtual: el visitante está absolutamente en el centro del entorno, pero al mismo tiempo está ausente de la escena. Está rodeado por todas partes, pero no está en ningún lugar. La cueva virtual no es un espacio que se habita; es un espacio que se observa desde dentro, sin poder tocar nada, sin poder dejar huella, sin poder transformar el entorno con la propia presencia. El visitante de la cueva virtual es un fantasma. Es un ojo sin cuerpo. Es un dato sin materia.
La operación semiótica de la cueva virtual es la disociación entre presencia y cuerpo. En la cueva física, el visitante está ahí. Su cuerpo ocupa un espacio, emite calor, consume oxígeno, activa sensores. Su presencia tiene consecuencias materiales. En la cueva virtual, el visitante está ahí, pero no está. Su presencia es una posición en el espacio de renderizado, un punto de vista que determina qué se ve y qué no se ve, pero que no transforma nada. La cueva virtual no reacciona al visitante; el visitante reacciona a la cueva. La relación se ha invertido. Ya no es el cuerpo el que transforma el espacio; es el espacio el que transforma el cuerpo, lo reconfigura, lo convierte en una función de la interfaz.
Steyerl ha dicho que la realidad virtual plantea una pregunta inquietante: ¿es esta visión de burbuja, esta visión de 360 grados, un esquema de entrenamiento para adaptar a los humanos a un mundo del que están cada vez más ausentes porque han sido reemplazados por sistemas invisibles, por la automatización, por los robots? La cueva virtual sería entonces una escuela. Una escuela donde aprendemos a habitar un mundo sin habitar, a estar presentes sin estar, a ver sin tocar. Una escuela para fantasmas. Una escuela para datos. Una escuela para el futuro que ya está aquí.
La cueva virtual de Steyerl no ofrece una salida a esta condición. Ofrece una forma de habitarla con conciencia. El visitante que entra en la cueva virtual sabe que está en una simulación. Sabe que las paredes no son paredes. Sabe que las plantas no son plantas. Sabe que su presencia no tiene consecuencias materiales. Y sin embargo, a pesar de saber todo esto, la cueva virtual produce efectos. Producen imágenes. Produce sensaciones. Produce una experiencia que, aunque no sea material, es real en el sentido de que transforma al visitante que la atraviesa. La cueva virtual no es un espacio que se habita. Es un espacio que se atraviesa. Y en ese atravesar, en esa experiencia de presencia sin cuerpo, de visión sin tacto, de espacio sin materia, reside la contribución más profunda de Steyerl al pensamiento sobre el signo electrónico: la demostración de que los signos no necesitan ser reales para producir efectos. Solo necesitan ser ejecutados.
Conoce más: hitosteyerl.net
Investigación Creación : Yuly Andrea Durango Flórez y Luis Eduardo Cano Álvarez.




