Andréa Catrópa: el signo onírico en la literatura electrónica

Pensar el signo desde Catrópa exige abandonar la comodidad de las definiciones heredadas. En la tradición semiótica, el signo es una entidad que está en lugar de otra cosa. El significante remite al significado. La palabra evoca el concepto. Pero cuando el signo es un sueño, ¿a qué remite? ¿Qué significa un sueño antes de ser contado? ¿Y qué ocurre cuando ese sueño se escribe en un formulario digital, se procesa algorítmicamente, se convierte en un poema generativo, se guarda como una postal que puede compartirse o perderse? Catrópa no responde a estas preguntas con una teoría. Construye un espacio donde las preguntas pueden formularse sin la urgencia de una respuesta.

La memoria onírica y la obra como práctica de recuperación

La modernidad no solo transformó las ciudades, los cuerpos y las relaciones de producción. Transformó también la vida nocturna de la psique. La capacidad imaginativa del durmiente sufrió una erosión lenta pero implacable, y la figura del visionario —aquel que creía en el valor de sus propias voces internas, que encontraba en el sueño una fuente de conocimiento y de orientación— quedó reducida a una minoría tolerada: poetas, artistas, locos. La modernización no podía proceder en un mundo poblado por grandes cantidades de individuos que confiaban en sus visiones. El sueño era un obstáculo para la racionalidad productiva, una pérdida de tiempo, una actividad sin rendimiento. Había que domesticarlo, o al menos ignorarlo.

Esta erosión no ocurrió de un día para otro. Fue un proceso largo, silencioso, que acompañó el ascenso de la ciencia, la industria, la ciudad disciplinada por horarios y turnos. El sueño dejó de ser una institución que admitía soñadores y se convirtió en un residuo fisiológico, un subproducto del descanso, algo que ocurría mientras el cuerpo se recuperaba para volver al trabajo. La interpretación de los sueños, que había sido durante milenios una práctica de conocimiento, quedó relegada al gabinete del psicoanalista o al mercado de los libros de autoayuda. El soñador perdió su autoridad. Sus visiones dejaron de importar.

En la vida cotidiana contemporánea, esta erosión se manifiesta en gestos mínimos, casi imperceptibles. Al despertar, no hay tiempo para recordar. La alarma suena, el cuerpo se levanta, la mente se llena de tareas, de mensajes, de obligaciones. El sueño se disuelve antes de que alguien pueda atraparlo. No hay un hábito de guardar unos minutos para dejarlo sedimentar, para escribirlo, para contárselo a alguien. El individualismo y la búsqueda de productividad nos distancian de una actividad cuya importancia ancestral ha dejado marcas profundas en la cultura humana: mitos, rituales, cosmologías, obras de arte. Pero esas marcas pertenecen al pasado. El presente no tiene tiempo para el sueño.

Andréa Catrópa construye Oneirografia como una respuesta a esta pérdida. No se trata de una respuesta nostálgica, que añore un pasado en el que los sueños gobernaban la vida de los pueblos. Tampoco es una respuesta terapéutica, que ofrezca un método para recordar mejor o para interpretar correctamente. La obra no promete devolver al usuario la capacidad de soñar que la modernidad le arrebató. Lo que hace es algo más modesto y más honesto: ofrece un espacio donde el sueño puede tomar forma, aunque sea una forma imperfecta, aproximada, negociada con el vocabulario disponible.

La puerta que no se cruza sin escribir

Entrar a Oneirografia es aceptar una condición. Antes de cualquier paisaje, antes de cualquier sonido, antes de cualquier imagen, la obra exige palabras. Tres campos, cien caracteres cada uno, una letra al menos en cada casilla. No importa si el sueño es recordado o inventado, si es propio o prestado, si es antiguo o reciente. Lo que importa es que algo se escriba. La obra no comienza con una metáfora sino con un formulario. No comienza con una imagen sino con un teclado. El signo inaugural de esta experiencia no es visual ni sonoro: es tipográfico, mínimo, corporal. Es el gesto de quien se sienta frente a una pantalla y decide contar algo que quizás no sabe contar.

Esta imposición es una pedagogía del umbral. Catrópa no pide que el usuario recuerde un sueño; pide que se detenga. La demora es el primer signo. En un mundo donde los sueños se olvidan antes del desayuno, donde la vigilia devora la noche, la obra interrumpe la prisa y exige un acto de atención. El formulario no guarda el sueño para exhibirlo. Lo convoca para que algo pueda emerger después. Escribir, aquí, no es comunicar. Es preparar el terreno. Es abrir una puerta que no se cruza sin dejar una huella.

Cuando el usuario termina de escribir, la obra le ofrece dos puertas: la del sueño y la de la pesadilla. La elección no es moral. No hay una puerta correcta. Hay una puerta que tiñe el corredor de colores suaves y otra que lo sumerge en tonos oscuros. Hay una puerta que susurra y otra que gruñe. El umbral entre la vigilia y el sueño se materializa en una decisión que el usuario toma sin saber qué le espera. El signo, aquí, no anticipa el significado. Lo produce en el acto mismo de elegir.

El oráculo de las diez millones de voces

Dentro del universo onírico hay una televisión. Si el usuario la enciende, aparece un poema. No cualquier poema. Un poema generado combinatoriamente a partir de seis variables, cada una con diez opciones, lo que produce una probabilidad de repetición de una en diez millones. El código impide que el mismo poema aparezca dos veces seguidas. Cada visita al oráculo produce un texto único, irrepetible, que se desvanece en el momento en que se apaga la pantalla.

Las variables que componen estos poemas son nombres de figuras relacionadas con el sueño en distintas culturas. Artemidoro, el intérprete griego de sueños; Freud, el fundador del psicoanálisis; Maya, la ilusión hindú; Xolantetli, deidad mesoamericana; Hipnos, Nix, Morfeo, Ícelo, Fántaso, figuras del panteón griego; Jurupari y Kerepiyua, entidades de cosmologías amerindias. El título del poema siempre sigue la fórmula de un mensajero que envía un recado. Lo que emerge no es una interpretación del sueño del usuario. Es una constelación de voces que hablan desde tradiciones que no se anulan entre sí.

La operación semiótica que Catrópa realiza con este oráculo desplaza la autoridad de la interpretación. El sueño no pertenece a una sola tradición. No hay un código único que descifre sus mensajes. Artemidoro y Freud y Maya coexisten en la misma pantalla, y ninguno tiene prioridad sobre los otros. El signo onírico no se somete a una hermenéutica; se abre a una multiplicidad de lecturas que no se clausuran. El poema que emerge del oráculo no dice la verdad sobre el sueño. Dice algo, y ese algo es siempre parcial, siempre provisional, siempre una entre diez millones de posibilidades.

La televisión dentro del ambiente tridimensional es un objeto doméstico, un mueble familiar, un electrodoméstico que todos reconocemos. Pero lo que emite no es un programa. Es un poema generado en tiempo real por un algoritmo que Catrópa diseñó para producir sorpresa. La voz sintética que recita el poema no tiene una representación realista. Está calibrada para sonar onírica, para flotar entre el lenguaje y el ruido, para no pertenecer del todo al mundo de los vivos. El signo, aquí, no es una representación. Es una operación que se ejecuta en el límite entre lo legible y lo ilegible.

La caza de palabras y el resto que se lleva

Para salir del universo onírico, el usuario debe seguir esferas brillantes hasta un Gran Ojo que observa sus movimientos. Al hacer clic, es transportado a una esfera tridimensional donde debe capturar tres palabras relacionadas con su sueño o pesadilla. Las palabras flotan alrededor, se reorganizan aleatoriamente cada vez que se entra, y hay un número limitado de ellas. El usuario debe contentarse con la inexactitud, con la aproximación, con la imposibilidad de encontrar el término exacto que corresponda a lo soñado.

Esta limitación no es una carencia técnica. Es una decisión conceptual que Catrópa ha justificado con precisión. Al soñar, mezclamos memorias propias con impulsos inconscientes que parecen escapar de nuestro control. Cuando intentamos relatar un sueño, nos topamos con los límites de una narrativa lógica y convencional. Las palabras que tenemos a mano no fueron hechas para lo onírico. Son demasiado precisas, demasiado públicas, demasiado cargadas de significados que no son nuestros. La solución de conectar la obra a un buscador de palabras —que habría permitido al usuario escribir cualquier término y obtener imágenes automáticamente— fue descartada. En su lugar, Catrópa creó un banco limitado de sustantivos y un conjunto de imágenes que pueden representar sueños o pesadillas. El usuario debe cazar palabras, no inventarlas. Debe negociar con un vocabulario que no fue diseñado para lo que quiere decir.

Después de seleccionar tres palabras, el usuario puede crear su e-sueño. Lo que emerge es una postal: una composición que mezcla imágenes de fondo, filtros visuales y las frases escritas en el formulario inicial. La postal puede guardarse o compartirse. No pretende ser una representación fiel del sueño. Es un resto, una huella, un objeto que se lleva consigo. El signo onírico, en Oneirografia, no es el sueño mismo ni su interpretación, sino el sedimento que queda cuando el sueño ha pasado por el filtro del lenguaje, de la elección, del algoritmo.

La obra se inscribe en una tradición que Catrópa conoce bien: la de la literatura electrónica como práctica que transforma el acto de lectura en operación, que convierte al lector en usuario, que desplaza el significado del texto hacia el dispositivo que lo produce. Pero su contribución no reside en la novedad técnica. Reside en la manera en que hace del sueño una categoría semiótica. El sueño no es un contenido que deba interpretarse; es una forma de relación con el lenguaje que la obra electrónica permite explorar. El signo onírico no es una representación. Es un contrato: aceptar que lo que se dice no es lo que se sueña, y que esa brecha es el único lugar donde el sueño puede volverse compartible.

Conoce más: andreacatropa.com

Investigación-Creación: Yuly Andrea Durango- Luis Eduardo Cano Álvarez

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