Eugenio Tisselli : sembrar ambigüedad en el alma de la máquina
Eugenio Tisselli escribe programas antes que poemas. Nació en Ciudad de México en 1972, se formó como ingeniero informático y poeta, y desde finales de los noventa ha construido una obra que se resiste a la separación entre el código y el texto, entre la máquina y el cuerpo, entre la literatura y la política. Su práctica se organiza alrededor de una intuición que atraviesa cada una de sus piezas: el lenguaje digital constituye una infraestructura material que produce efectos, que consume energía, que genera residuos, que ejerce poder. Pensar el signo desde su obra exige desprenderse de la comodidad de la lectura interpretativa. Sus poemas esperan ser ejecutados. Sus programas producen operaciones que el usuario debe realizar con el cuerpo, con el teclado, con la paciencia. La literatura electrónica, en su práctica, se convierte en una forma de acción sobre el sistema. El signo está en la fricción que la pantalla produce cuando alguien intenta atravesarla.
El código como gesto poético
Tisselli inventó MIDIPoet a finales de los noventa porque quería convertirse en un manipulador de textos en tiempo real, en alguien que altera palabras e imágenes con la misma fluidez con que un DJ manipula sonidos. El programa permite controlar, alterar y remezclar palabras e imágenes mediante un teclado de computadora o cualquier dispositivo MIDI. Lo que emerge de esa herramienta constituye una performance: el texto se descompone, se destruye, renace en el acto de la ejecución. El signo se moldea en el tiempo real de la lectura. La escritura se convierte en una forma de improvisación. El significado emerge del gesto que lo produce.
Esta concepción del signo como material performativo tiene consecuencias para pensar la autoría. Lo que interesa a Tisselli consiste en la escritura del código que hace posible el programa. El trabajo creativo reside en la programación, en la invención de las reglas que generan los textos, más que en los textos mismos. El autor se convierte en un diseñador de condiciones, en un arquitecto de posibilidades. El signo pertenece al sistema que lo produce, a la máquina que lo ejecuta, al lector que lo activa.
La degeneración como crítica de la legibilidad
Degenerativa, aparecida en 2005, consiste en una página web que se degrada con cada visita. Los caracteres disminuyen de tamaño, la tipografía varía, las palabras se descomponen en sílabas, en letras sueltas, en asteriscos y rayas. Lo que el lector encuentra al volver a la página constituye un texto empobrecido, erosionado, mutilado por el propio acto de leer.
La operación semiótica resulta precisa. Degenerativa ejecuta la degradación de la lectura. El lector que visita la página se convierte en el agente de su destrucción. Cada acceso constituye un corte, un borrado, una amputación. El lector solo ve lo que queda, los escombros de una página que se consume a sí misma. El signo se pierde. La lectura se convierte en una forma de duelo. El significado emerge de la conciencia de que algo se ha perdido, de que el texto que se lee constituye siempre un resto, un residuo, una ruina.
Esta concepción del signo como pérdida tiene una dimensión política. Si la legibilidad constituye una conquista técnica que tiene costos, entonces la degeneración de la legibilidad expone esos costos. La página que se vuelve ilegible no constituye una página que ha fallado; constituye una página que ha cumplido su función, que ha revelado la fragilidad de las condiciones que hacen posible la lectura. El signo constituye una superficie que se raya, que se borra, que se corrompe.
La política algorítmica y el signo como sabotaje
Tisselli ha agrupado varias de sus obras bajo el rótulo de “política algorítmica”, una categoría que designa aquellas piezas que intervienen en las lógicas de los algoritmos digitales para desarticularlas desde dentro. El 27, de 2014, llama la atención sobre la relación entre los mercados digitales y su impacto en los recursos naturales. Institute for the advancement of popular automatisms, de 2015, creada con Joana Moll, se presenta como un instituto ficticio que ofrece herramientas para sembrar semillas de ambigüedad en el alma de la máquina y desempoderar a los usuarios de la web mediante el uso del código informático. Himno algorítmico transnacional hiperacelerado de América del Norte, de 2018, funde los himnos de México, Canadá y Estados Unidos en un torrente de texto que corre a una velocidad vertiginosa, imposibilitando la lectura, generando un extrañamiento que ralentiza la comprensión.
Lo que une a estas obras constituye una misma concepción del signo como sabotaje. El signo constituye una operación que se introduce en el sistema para perturbarlo. La velocidad del Himno constituye una estrategia para producir incomodidad, para impedir la lectura complaciente, para obligar al usuario a detenerse, a pausar, a reflexionar sobre lo que está viendo. El signo se sufre. La lectura se convierte en una forma de resistencia. El significado emerge de la fricción que el texto produce en el cuerpo del lector.
La puerta como umbral entre mundos
En la imaginación de Tisselli, la puerta no funciona como un cierre, sino como una apertura condicionada. Cruzarla implica aceptar reglas nuevas, a menudo impuestas por la máquina. El autor ha explorado dispositivos que traducen, degradan o reescriben el lenguaje, y en ese gesto la puerta se convierte en el lugar donde el sentido se transforma. No se trata de una entrada triunfal a lo digital, sino de un paso inquietante: lo que queda del otro lado ya no es exactamente lo que se escribió, sino una versión mediada por procesos algorítmicos. La puerta, así, dramatiza la tensión entre la intención del autor y la agencia del sistema.
Una de las preocupaciones constantes en la obra de Tisselli es el desgaste. Sus proyectos suelen someter el texto a la erosión, al error, a la pérdida progresiva de información. La puerta adquiere aquí un sentido temporal: es el acceso a un archivo que se deteriora, a una memoria que no puede conservarse intacta. Cruzarla equivale a aceptar que la escritura es frágil y que toda conservación es imperfecta. Esta idea conecta con una reflexión más amplia sobre la obsolescencia tecnológica: los formatos caducan, los lenguajes de programación envejecen, y lo que hoy parece estable mañana puede resultar ilegible. La puerta recuerda que todo umbral tecnológico es también un umbral de pérdida.
Lejos de celebrar sin matices las promesas de la tecnología, Tisselli la aborda con una mirada crítica. Sus obras no buscan la eficiencia ni la espectacularidad, sino exponer las condiciones materiales del medio digital: el código, el servidor, la conexión, el error. La puerta, en este contexto, se vuelve un gesto artístico que invita a detenerse antes de entrar, a preguntarse qué implica delegar la memoria y la escritura a las máquinas. El autor no rechaza lo digital, pero tampoco lo idealiza; lo habita desde la fricción, desde la conciencia de sus límites y de su huella ecológica y política.
Otro aspecto relevante es la dimensión colectiva de la puerta. Tisselli ha trabajado con comunidades rurales y con archivos locales, y en esos proyectos la puerta aparece como el acceso a una memoria compartida que se resiste a la homogeneización. No se trata solo de la memoria individual del escritor, sino de saberes y relatos que corren el riesgo de desaparecer. La puerta se convierte entonces en un dispositivo de cuidado: un modo de abrir sin arrasar, de registrar sin apropiarse. La tecnología, puesta al servicio de la memoria comunitaria, deja de ser un fin en sí misma y se vuelve una herramienta de preservación crítica.
La selva como archivo en llamas
El planteamiento del juego es engañosamente simple: encontrar al Guardián, escuchar a las criaturas antes de que desaparezcan, aprender sus palabras y atravesar la puerta antes de que la temperatura resulte insoportable. Pero esa simplicidad esconde una mecánica cruel: cada noventa segundos una especie se extingue, y con ella se pierde irreversiblemente la posibilidad de completar la tarea. El tiempo del juego no es un adorno; es la traducción lúdica de una temporalidad extractivista que devora mundos antes de que podamos siquiera nombrarlos.
La puerta adquiere aquí un sentido distinto al de simple acceso: es el último umbral antes de que el afuera se vuelva inhabitable. No se trata de entrar a lo digital, sino de salir de un presente que se calcina. El calentamiento progresivo de la interfaz, que pasa del azul al rojo mientras el fondo se oscurece, convierte la pantalla en un termómetro de la catástrofe. La puerta no promete un más allá mejor; promete, apenas, la posibilidad de seguir existiendo en otro régimen de relación con lo no humano.
Lo que verdaderamente se juega en el umbral es la capacidad de escuchar. Las criaturas de la selva —la rata, el gorila, incluso las flores— emiten secuencias de fonemas que el jugador debe memorizar y repetir ante el Guardián. No hay traducción disponible, no hay diccionario: solo la repetición obstinada de sonidos que resisten al sentido. La puerta, entonces, exige una forma de hospitalidad lingüística que va más allá de la comprensión. Se trata de aprender a hablar sin saber qué se dice, de aceptar que la comunicación con lo no humano pasa por una opacidad irreducible.
Esta exigencia tiene consecuencias críticas. Frente a las retóricas de la transparencia y la accesibilidad total que suelen acompañar al discurso tecnológico, Tisselli interpone una puerta que no se abre con contraseñas ni con interfaces amigables, sino con la memoria frágil de un lenguaje ajeno. El jugador que atraviesa la puerta no ha «dominado» el código de la selva; ha aceptado, apenas, que su propia lengua es insuficiente.
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Investigación-Creación: Yuly Durango Flórez- Luis Eduardo Cano Álvarez.




